El Lunes de Aguas es, básicamente, una tarde de hornazo con amigos y familiares, una celebración que une a salmantinos y a todos aquellos que viven en nuestra ciudad y provincia sin importar su procedencia. Muchos conocen la tradición, con más o menos detalle, que motiva este convite al aire libre, y otros, vagamente. Tampoco es importante, dirán muchos, porque cualquier pretexto es bueno para brindar. Nosotros, como somos muy pedagógicos y didácticos, te explicamos por qué el segundo lunes después del Domingo de Resurrección es tan señalado en nuestra capital y provincia.
En una fiesta que entendemos como una seña de identidad, la comida, siempre omnipresente en las celebraciones, sirve de hilo conductor, y para ello, nosotros tenemos el hornazo, que no es poco por lo rico y contundente de la vianda, como producto muy salmantino, denominador común en todas las meriendas campestres y que aglutina en torno a él emociones y carcajadas. Y eso es, al fin y al cabo, lo que perdurará en todos aquellos que participan de este festejo.
Pero la historia también alimenta y esta hunde sus raíces a finales del siglo XV. El príncipe Don Juan, que era hijo de los Reyes Católicos, decide crear una casa conocida como mancebía por el generoso número de mujeres de “vida alegre” en la ciudad. Se establecieron algunas normas para organizar la actividad de este espacio: la profesión no podía ser ejercida por mujeres casadas o con padres en esta ciudad. Antes del anochecer, las mujeres debían estar en la casa y permanecer allí hasta la mañana siguiente.
Aquí aparece un personaje que es protagonista por su rol y que es recordado y mentado generación tras generación: un sacerdote que para la memoria colectiva y popular es el “padre putas”; era el encargado de mantener el orden en el barrio en el que se ubicaba la casa, así como que las mujeres pasaran revisiones médicas. El Miércoles de Ceniza, trasladaba a todas las mujeres de la ciudad al otro lado del río para pasar los cuarenta días de la Cuaresma (Felipe II había declarado la abstinencia carnal y el ayuno); ocho días después de la Resurrección, los estudiantes las traían de vuelta en barcas adornadas con ramas. La tarde del regreso congregaba a un gran número de personas en la ribera del río para festejar la llegada. Allí no faltaba el hornazo, como referencia culinaria indispensable que unía, como lo hace ahora, a todos aquellos que se juntan esta tarde de lunes a confraternizar.
Sin el hornazo faltaría algo o todo, porque esta masa de pan rellena de chorizo, lomo adobado, jamón y huevo cocido ha conectado a generaciones para perpetuar esta tradición. El huevo, entonces, era considerado carne y, como tal, no se podía consumir mientras que las gallinas seguían poniéndolos. Para preservar el estado de estos, se cocían y se añadían a la masa del hornazo. Todos los ingredientes eran contundentes para simbolizar el final del tiempo de ayuno de carne en la Cuaresma y el regreso a lo cotidiano y mundano.
